TEXTO BEATRIZ ORTEGA BOTAS

En la película Saute ma ville de Chantal Akerman (1968), la protagonista repite un tarareo  hipnótico y molesto mientras lleva a cabo varios rituales domésticos: lavar platos, comer pasta,  limpiarse los zapatos o fregar el suelo. Mientras los hace, va cerrando y acotando con cinta y  paños los marcos de las ventanas y puertas. La pieza Templo de An Wei juega también con los  límites del espacio doméstico y el pictórico, la ritualización del hogar y la construcción y  cuestionamiento de la identidad desde ellos. En su instalación, los objetos cotidianos negocian el  paso de la esfera personal a la pública, el hogar aparece fragmentado para ser completado en un  proceso de reconocimiento y alteración, y si en la película se obstruían los marcos, aquí se  prolongan y desdibujan. En el final de Saute ma ville la protagonista prende un papel y lo sitúa  junto al gas abierto de la cocina. Vemos esta imagen entre los marcos de un espejo, se escucha  un estallido, y la pantalla negra los desborda. Refiriéndose al final de esta película, Trisha Low  (Socialist Realism, 2019) explica el hogar como algo que contiene deseos desubicados por un  mundo distinto; el hogar es un vacío, dice, y aun así el centro de todo, el punto del que emanan  los latidos del corazón, al que vuelven los respiros y que luego se para.